Por José Moreno Álvarez. (texto y fotografía)
La moda necesita más pelucas. Lo digo en serio. Necesita más pelucas, más maquillaje improbable, más personajes y menos preocupación por parecer inteligente. Porque, después de cumplir su función básica de protegernos de lo devastadora que resulta ser la piel expuesta a merced del clima, la ropa se convierte en otra cosa: un juego.

Llevamos años intentando justificar la moda. Que la sostenibilidad. Que la economía. Que la identidad. Que los empleos que genera. Todo eso importa, obviamente. Pero también importa aceptar que gran parte de este negocio existe porque disfrutamos jugar. Jugar a ser otros. Jugar a ser una versión más dramática de nosotros mismos. La moda es el jardín de juegos de quienes se cansan de habitar siempre el mismo personaje.
Por eso Santísima sigue siendo una de las marcas más interesantes del panorama local.
La marca se tomó el Planetario de Medellín para presentar su colección Monolitos durante Colombiamoda 2026. Las pantallas, el observatorio y el domo funcionaban como un único escenario. Había algo de Metrópolis en todo aquello. Un futuro donde la humanidad parece haber resuelto todos sus problemas, menos el de seguir siendo humana.
Antes del desfile hablaba con Paula Restrepo, la directora de pelo y maquillaje de la feria. Me contó, muy emocionada, que el estilismo tenía una pieza central: las pelucas. Hablaba de trenzados, de esconder el cabello, de construir una base para luego montar cada pieza y terminar cortándola sobre la modelo. Me pareció fascinante porque la peluca es, probablemente, una de las piezas más sinceras del vestuario. Nadie se pone una esperando pasar desapercibido. Existe para transformar. Para fabricar personajes. Para jugar a ser alguien más durante un rato. Y Santísima entiende eso muy bien.
Esto coincide con lo que me decía también Diana Lunareja:
“Santísima tiene una forma muy particular de presentar sus colecciones: construye universos. Uno termina viendo lencería en medio de escenarios que parecen sacados de una película de ciencia ficción”.
La marca sabe perfectamente quién es su audiencia y entiende que vestir también consiste en ofrecer posibilidades de ficción.

La colección, sin embargo, era extensa. Muy extensa. La paleta de color era reducida y, después de la tercera o cuarta aparición del mismo tono, la sorpresa comenzaba a agotarse. Algunas ideas ya habían quedado claras varios looks atrás. Muchos looks “pudieron haber sido un email”. La iluminación también jugó en contra del registro. El espectáculo se veía increíble en vivo, pero fotografiar las prendas era muy complicado.
Aun así, Santísima logró construir un mundo. El Planetario fue la locación perfecta y la marca lo aprovechó hasta el último rincón. Una auténtica batiseñal para sus seguidoras. Porque, al final, la moda sigue siendo eso: contar historias y encontrar nuevas formas de jugar.
Trabajamos en una industria que a veces quiere parecer una tesis doctoral cuando perfectamente podría ser una muy buena fiesta. Santísima eligió la fiesta. Y, sinceramente, hizo bien.






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