Por William Cruz Bermeo
La fortaleza de la colección no está tanto en el aparato conceptual de su relato como en la efectividad de sus piezas para conectar con su mercado y producir un impacto visual. Esto, además de ser un factor clave en la industria de la moda, pone de relieve la experticia de Diego Guarnizo como diseñador de vestuario para el campo audiovisual, capaz de crear prendas altamente televisivas que, sin embargo, fácilmente pueden pasar de esa ficción a la vida real. En sintonía con esto, la introducción al desfile presentaba los créditos de la colección a la manera de una telenovela o una serie de televisión, mientras los gráficos en pantalla se trasladaban a los estampados de las prendas.




En cuanto a lo conceptual, Guarnizo partió de ornamentos heráldicos, damascos, jardines y símbolos de poder anclados en los inicios de nuestra historia republicana: un periodo en el que aquellas mujeres que, desde su cotidianidad, preservaron oficios y saberes, aparecen en su relato como figuras heroicas. De allí que Guarnizo creara una heroína de ficción llamada Guadalupe, que nombra la colección y tiene por intención señalar el valor de esas mujeres.
Sin embargo, el foco permanece en lo segundo, en la efectividad de las formas: la colección echa mano del sistema cromático de aquel entonces, todavía sujeto a la estética colonial y, por tanto, dominado por colores terracota y vino en contraste con turquesa y tonos empolvados, que le dan a la colección una pátina alusiva a ese periodo. Destacan piezas como un peto de chaquiras (mostacillas) con un motivo evocador de ese mismo barroquismo, rematado con plumas de avestruz. Las joyas diseñadas por Valentina Quintero Rubio aportan una nota conceptual al proyecto: conchas marinas fosilizadas en metal, brazaletes con formas de cubiertos y collares con jarroncillos de plata y flores vivas. También destaca la técnica de tela sobre tela de Adriana Gómez, usada, por ejemplo, en volutas del mismo repertorio barroco, finamente cosidas sobre un abrigo negro.
Vale la pena distinguir aquí entre dos usos del término «colonial»: como categoría de análisis académico plantea debates y matices legítimos, pero no se agota en ese sentido; también designa un estilo arquitectónico, artístico y decorativo. En este caso, por el contexto, la referencia es al estilo decorativo, no a una categoría de análisis político.
Ahora bien, volviendo a la colección, algunos looks remiten a la historia de la moda, concretamente a la era Vreeland y a las editoriales que Henry Clarke realizó para Vogue en locaciones exóticas como Siria, Irán, India y México, a finales de los años sesenta. En ellas, las modelos lucían vestidos largos, túnicas y caftanes con llamativos bloques de color y grafismos sinuosos, ante fondos arquitectónicos clásicos, ya fueran las ruinas de Jordania o los templos de Irán. De hecho, el video introductorio de la colección recurría a estos códigos representacionales, con la modelo moviéndose fluidamente entre la rígida arquitectura del Capitolio Nacional, como fondo, o la plaza de Bolívar. En medio de esos looks, los símbolos republicanos se registraron como una nota al pie, representada en una chaqueta en denim de estilo imperial, con su respectivo sombrero napoleónico: dos símbolos sartoriales que fueron adoptados en la gesta libertadora de los padres de la patria.
En resumen, Guadalupe se mueve entre dos tiempos a la vez: el de la historia republicana, con sus heroínas anónimas y su ornamento heráldico, y el de la imagen contemporánea, heredera del oficio televisivo de Guarnizo y del glamour exótico de un momento en la historia de la moda. Entre uno y otro, la colección construye un lenguaje visual, donde el barroco colonial, las joyas de autor y los símbolos sartoriales de la independencia terminan por convivir en una misma escena.




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