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Los círculos de Dante III

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Por Maximiliano Arias.

El Renacimiento volvió al ser humano digno de estudio. El Romanticismo comprendió que, si yo era digno de ser mirado, también lo era aquello que sentía.

Camilo Rojas con su música y Manuela Álvarez postrando su sensibilidad me hicieron entenderlo. Me vieron, me sintieron. Pusieron sangre sobre mis manos y tierra debajo de mis pies, y me devolvieron por un instante a la pila de vísceras, memoria y miedo que soy. Al reconocerme humano, pude ver al otro.


El coliseo por momentos fue algún círculo de Dante.


Parecía descender hacia una verdad más dificil, más real. Era renacentista no por reproducir el Renacimiento, sino por devolverle al ser humano la insoportable centralidad que aquella época le concedió. Todo sucedia alrededor del cuerpo: el cuerpo que ama, el que pierde, el que trabaja, el que sangra, el que observa y el que, aun quebrado, de alguna forma sigue.

Había algo distópico en esa recuperación del humanismo. Manuela no intentó embellecer el dolor ni representar desde lejos la imagen segura de alguna herida que le dolió alguna vez. Atravesar no es olvidar, purificarse ni salir intacto al otro lado. Atravesar exige entrar en aquello que duele sin buscar la puerta de emergencia; permitir que el dolor conserve su peso, su duración y su capacidad de deformarnos; aceptar que no existe otra salida que pasar por su centro.

Se atraviesa el duelo como se atraviesa el fuego: no es lógico demostrar que no quema, necesario descubrir qué parte de nosotros puede arder sin ser ceniza.

Oh My Heart parecía comprender que la redención, cuando existe, transforma la manera en que el cuerpo aprende a cargar el dolor y a de alguna forma encontrar la armonía con el. Ver a los artesanos contener las lágrimas no fue un detalle emotivo añadido al espectáculo, daba cuenta de la magnitud del proceso con mayor precisión que cualquier descripción técnica. No estaban viendo únicamente el resultado de su trabajo; estaban viendo cómo aquello que durante generaciones genealogías y cuanto pasado pueda nombrar adquiría cuerpo, sonido y movimiento delante de miles de personas y significados. Y, sin embargo, buena parte del público continuaba entregada al deslumbre, al personaje que acababa de entrar, al vestido que debía fotografiarse, al lugar desde donde convenia ser visto. La gente puede ser terriblemente egoísta: La superficialidad amenazo con ahogar el espacio exacto en el que una historia se estaba desahogando. Pero no logró hacerlo.

La totalidad del desfile era mayor que cualquier canutillo, violín, proyección o artificio que pudiera enumerarse. Cada elemento alcanzaba su sentido únicamente porque estaba sometido a volver tangible una sensibilidad. El coliseo fue ajeno a todos y le perteneció a pocos. El que se sienta lejano es por su deshumanización. Se estaba haciendo pública una intimidad que, aunque nacida de la historia particular de Manuela Álvarez, consiguió contener la historia de muchos.

Todo convergió en un mismo sentimiento: cotidiano y devastador, privado y multitudinario, doloroso y, después de ser sentido, extrañamente reconfortante, se sintió un renacer.

Tal vez por eso Rodrigo D., aquel a quien no le fue concedido ningún futuro, lo tuvo esa noche en Manuela. Un futuro como la posibilidad mínima, radical, de no quedar detenido para siempre en el circulo donde fuimos heridos. Durante unos minutos el romanticismo, que ante mis ojos parecía muerto, volvió a respirar: sentir todavía puede ser una forma de conocimiento.

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