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Socarrás: Una bitácora vestida de pollera

Por William Cruz Bermeo

Matilde Díaz Martínez fue una de las máximas exponentes de la canción popular colombiana en las décadas de 1940 y 1950, en géneros caribeños como el porro, la cumbia, el fandango y el bolero. Con su música recorrió Latinoamérica en una época de profundas reservas morales hacia la vida pública de las mujeres. Ese recorrido motivó un viaje por el continente para el desarrollo de la colección, mientras que aquellos géneros caribeños en la voz de Díaz volcaron, inicialmente, la mirada de Juan Pablo Socarrás, diseñador al frente de la marca que lleva su apellido, hacia la pollera, la emblemática falda del Caribe colombiano, y de allí al repertorio de prendas que evocan la imagen de la vida caribeña de un tiempo ya lejano.


Ese viaje extiende una lógica de diseño que ya hace parte de la trayectoria del diseñador: el trabajo con comunidades artesanales colombianas y de la región en general. Así, basado en este enfoque colaborativo, artesanos de México, Guatemala, Panamá, Perú y Colombia aportaron al proyecto bordando linos y algodones o tejiendo fibras de alpaca, dejando la impronta de sus estilos en toda la colección. De allí que algunas prendas portaran etiquetas informando sobre el oficio, la comunidad, la generación de artesanos y la marca que habían participado en su creación, además de señalar su ubicación geográfica en un mapa, reconociendo así que la colección era el resultado de una bitácora viajera, donde Matilde Díaz resonaba en pasajes de sus canciones, bordados sobre camisas, faldas y blusas de lino.

De la pollera del Caribe, Socarrás —de madre barranquillera y padre valduparense— hereda su largura, su fluidez, los volantes y el blanco del algodón impoluto. Son claves que aparecen en toda la colección y que dialogan con otras claves derivadas de la pollera del altiplano andino. Desde el siglo XVII, el nombre “pollera” aparece en distintos lugares de Latinoamérica, con sus propias variaciones y estilos locales. Socarrás interpreta las del altiplano como vestidos de capas superpuestas que fluyen en cascada desde el pecho, para rematar en labores de ojalillo, en un rosa empolvado que recuerda la tonalidad de las célebres fotografías que tomó Irving Penn a su paso por Cuzco en 1948.

Técnicamente, estos vestidos recurren al fruncido como sistema de ajuste, un recurso que tradicionalmente servía para ceñir las polleras a la cintura, y que Socarrás traslada también a su universo masculino a través de las camisas. La colección permite así pensar en el amplio repertorio de posibilidades, no solo artesanales sino constructivas, que pueden surgir de observar la indumentaria vernácula latinoamericana. El viaje que emprende Socarrás plantea, entonces, una conversación sobre la ampliación de la mirada: sobre ir del país al vecindario, reconocer in situ lo que tenemos en común y lo que nos diferencia, y cómo la moda de este lado del mundo puede seguir construyendo una identidad regional a partir de lo existente.

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