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El azul de la distancia: Jbalvin para Velez

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Por José Moreno Álvarez

Artisan Gang es, en el fondo, una manera de nombrar la creación compartida, la empatía puesta en práctica dentro del proceso creativo.

Rebecca Solnit escribe en Una guía sobre el arte de perderse que el azul es el color de aquello que no podemos alcanzar. Es el color de las montañas lejanas, del horizonte, de todo lo que permanece a cierta distancia. Durante mucho tiempo, parecía que la moda colombiana miró hacia ese azul: hacia afuera, hacia otros referentes, hacia otros lugares que al final nos resultan ajenos.

Lo interesante de la colaboración de Vélez y J Balvin es que no persigue el horizonte, fija su mirada en lo que siempre estuvo ahí.

Las montañas y la figura del arriero aparecen como puntos de partida, como un relato fundacional. Después del desfile, Felipe Espinosa, director de casting de la pasarela, me habla de un hombre que desciende de la cima, trabaja la tierra y termina convirtiéndose en un habitante del valle. Es una historia de transformación, pero también de continuidad. Mientras hablaba con Felipe, yo no dejaba de pensar en Horizontes (1913), de Francisco Antonio Cano. Esa imagen fundacional de la cultura antioqueña, en la que una familia señala hacia el futuro desde la montaña. Esa pintura fue una alegoría del progreso: la conquista del territorio, la expansión y el avance hacia un horizonte prometedor.

Más de un siglo después, la pregunta no es únicamente: ¿hacia dónde vamos? También es: ¿quiénes somos mientras avanzamos?

En esta colección la montaña sigue presente, pero el gesto parece invertirse. En lugar de señalar hacia la distancia, la mirada regresa al territorio mismo: a los materiales, los oficios, los cuerpos y las personas que construyen esa historia.

Hay un detalle que resulta especialmente sugerente: los pañuelos anudados sobre gorras.

Es cierto que la moda internacional ya exploró ampliamente ese recurso en temporadas anteriores. En este contexto, deja de remitir únicamente a una tendencia. Esta vez se trata de pañuelos tejidos que evocan las carpetas de crochet.

Y por la forma en que está pensado, recuerdan la forma en que muchos jornaleros y trabajadores del campo utilizan pañuelos para protegerse del sol, del polvo y del trabajo cotidiano. La colección no los presenta como una cita literal ni como un disfraz costumbrista. Los insinúa. Y aquí la pregunta es interesante: ¿estamos empezando a mirar con mayor intimidad nuestra propia cultura?

Porque durante mucho tiempo hemos estado entrenados para reconocer referencias externas antes que las propias. Somos capaces de identificar inmediatamente una influencia parisina, neoyorquina o japonesa, pero a veces pasamos por alto los códigos visuales que pertenecen a nuestra experiencia cotidiana.

Esa misma idea atraviesa el casting.

La decisión de no peinar ni maquillar a los modelos apenas surge cuando estos aparecen en las pruebas con sus texturas reales: cabellos abundantes, crespos, despeinados, salvajes; rostros sin intervención.

Lo que Felipe describe es una belleza que no necesita construirse a partir de la corrección.

La cool girl o el cool guy que aparece en esta pasarela no es perfecto. Es alguien que parece habitar naturalmente aquello que lleva puesto.

Por eso la piel recuerda más al resultado de una buena hidratación que a capas de maquillaje correctivo. Por eso los cabellos conservan movimiento y carácter. Por eso la individualidad se vuelve más importante que la uniformidad. Parte del casting está compuesto por un grupo de modelos colombianas muy exitosas hoy en el mercado global de la moda, pero que vienen de Santander de Quilichao, de San Andrés o de Medellín. Son modelos internacionales, pero siguen siendo rostros reconocibles; una diversidad que hace unas décadas habría sido impensable dentro de los estándares tradicionales de belleza colombianos.

Y eso habla de un cambio cultural: el paso de copiar modelos ajenos a reconocernos en nuestra propia complejidad. La belleza empieza a parecerse a la gente que vemos todos los días en la calle.

Una de las piezas más representativas de la colección es la chaqueta Artisan Gang. En una industria que suele celebrar la individualidad extraordinaria, aquí aparece la idea de colectivo, la comunidad que avanza junta. Felipe lo relaciona con algo muy actual: «la necesidad de pensarnos como grupo en un momento marcado por la fragmentación».

En ese sentido, la colaboración entre Vélez y J Balvin funciona casi como una radiografía de esa misma idea de hermandad. Artisan Gang es, en el fondo, una manera de nombrar la creación compartida, la empatía puesta en práctica dentro del proceso creativo. Y algo de eso se percibe a lo largo de toda la colección. Los dos nombres aparecen juntos sin competir entre sí; ninguno intenta imponerse o canibalizar al otro. La colaboración no se presenta como la absorción de una identidad por otra, sino como un encuentro.

Aunque las alianzas entre diseñadores, artistas y marcas son ya una fórmula conocida dentro de la industria, aquí el verdadero punto de encuentro parece estar en el taller. Es allí donde esa fusión adquiere forma material, donde las ideas dejan de pertenecer a una sola figura para convertirse en trabajo colectivo. El taller aparece como el espacio donde la hermandad deja de ser un discurso y se convierte en una práctica.

Tal vez por eso resulta tan significativo que, al final del desfile, J Balvin saliera a recibir los aplausos rodeado de su equipo como la representación de una comunidad creativa haciendo visibles a quienes normalmente permanecen detrás de escena.

La colección sugiere que el futuro está en la capacidad de reconocer aquello que compartimos. El verdadero lujo que propone Vélez es la mirada capaz de reconocer valor en lo propio.

Esta colección nos invita a dejar de perseguir el horizonte por un momento y a mirar la montaña desde la que observamos. Porque puede que ahí, en aquello que siempre estuvo cerca, se encuentre la historia que apenas estamos empezando a contar.

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