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Alado: el instante impreciso, la literalidad fascinante.

Por William Cruz Bermeo

La moda se materializa en prendas, pero se concibe en imágenes. La imagen suele ser el primer punto de contacto entre quien la mira y quien la viste, y Alado lo sabe bien. Desde sus inicios, hace ya más de una década, Andrés y Alejandro han dado centralidad a la composición visual de sus desfiles, colecciones y campañas fotográficas: cada proyecto que emprenden parece concebido como un cuadro antes que como una colección.

Cada pasarela ha sido, así, una invitación no solo a contemplar las prendas sino a rastrear el amplio espectro de referentes visuales que funciona como leitmotiv de su conceptualización. La colección La aurora prolonga ese ritmo, ese modo de hacer que Alado ha ido consolidando con los años: una sensibilidad pictórica que atraviesa desde sus tiendas hasta sus desfiles.

La aurora nombra ese instante impreciso en que el campo despierta antes que el sol: cuando las montañas empiezan a perfilarse en la luz, los cafetales recobran su color y miles de familias emprenden su día. De allí que la puesta en escena creara una dimensión temporal que transportaba al amanecer de una finca cafetera, donde el frío de la madrugada se contrarresta con el calor y el aroma del café, mientras el canto de los gallos y la sonoridad de ese sentimiento cantinero y aguardientoso, propio de la música de carrilera, anuncian que comienza una nueva jornada.

Es la jornada que transcurre en los cafetales, la de las chapoleras y los andariegos. Y es en ellas donde la colección centró la mirada: modelos que se movían entre una escenografía que replicaba la altura de las matas de café, ocultando la mitad de sus cuerpos, para enmarcar las blusas de boleros y mangas abombadas —bordadas o estampadas con hojas, flores y frutos de cafeto—, las camisas de rayas, las chaquetas cortas, y realzar aún más la altura de los sombreros aguadeños de copa alta, tan propios del campesino antioqueño del siglo XIX.

Al salir del cafetal y circular por el recinto, se revelaron faldas largas con capas de boleros, pantalones y detalles de corsetería exterior, junto a borlas y bordados cuya técnicaevoca aquella de las prendas litúrgicas —una muestra del peso que ha tenido la imaginería cristiana en el repertorio de referentes del que echa mano Alado. A ese repertorio se suma su capacidad de observación de lo prosaico en los lugares donde desarrollan su trabajo de campo: en este caso, aquellos radios de donde emana el timbre gangoso de la música de carrilera se convirtieron en bolsos, mientras las botas pantaneras de la faena recolectora transitaron hacia su glamorización en pantaneras de caña media alta.

En esa vía de observar la belleza de lo prosaico se inscriben también el yute de los costales de café y las manchas de tinto: dos inflexiones de la colección que, además, ejemplifican el espíritu experimental que pervive en el trabajo de Andrés y Alejandro. De un lado, el tejido de yute se ennoblece con entramados de hilos dorados —centelleantes al compás del movimiento del cuerpo—. Del otro, las manchas de tinto se convierten en repites de estampación que oscilan entre la representación figurativa y la abstracta. Sin embargo, Alado no es de códigos abstractos, aunque sus reflexiones estéticas siempre sean conceptualmente sólidas; es de una literalidad fascinante, porque conecta con lo familiar, porque trae a la memoria toda una serie de códigos compartidos que permiten a quien se aproxime a su trabajo encontrar belleza donde nunca la imaginó. Captar la forma es encontrar también su posibilidad plástica. Esto sale a flote en el tratamiento de los accesorios y la bisutería: por ejemplo, al juntar el cuero con la cestería, o al transformar las medallas religiosas en medallas de flores y hojas de cafeto.

En La Aurora, Alado observa el campo cafetero con la misma atención minuciosa con que ha mirado siempre sus referentes, hasta descubrirle esa dimensión plástica que pocos se detienen a ver. Ahí reside su literalidad fascinante: presenta el cafetal, el yute, el tinto, la pantanera y la medalla religiosa como parte de un vocabulario compartido que no necesita traducción, porque ya habita en la memoria de quien lo mira. La colección revela el paisaje cafetero con una mirada pictórica, y así Alado confirma que sigue concibiendo el desfile como lo concibió desde el inicio: una imagen antes que una sucesión de prendas.

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