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Puertas Adentro: la disciplina de un lenguaje

Por William Cruz Bermeo

El crecimiento de La Petite Mort ha sido constante, escalonado pero firme: desde sus primeras apariciones públicas hace ya cerca de una década —hacia 2017, en Colombiamoda—, la marca ha dado pasos hacia adelante en BCapital y, luego, en Bogotá Fashion Week. He tenido la oportunidad de presenciar su perfeccionamiento, y esa trayectoria me lleva a leer en Puertas Adentro el momento de su consagración. La consagración es una línea que se cruza, que implica sacar algo del flujo común y ponerlo en un espacio distinto, protegido o elevado. Eso, precisamente, es lo que ha logrado La Petite Mort con Puertas Adentro, su colección para Colombiamoda 2026.

Sus repertorios anteriores —Hechos de Maíz, Alirio – Capítulo 1 / Temporada de Lluvia, Alirio – Capítulo 2 / Temporada de Sol, Techo y ahora Puertas Adentro— bastan para ilustrar las cualidades narrativas de los diseñadores Jonathan Cortez y Andrés Durán. Se da por descontado que allí siempre habrá una historia cargada de memoria, con cierto aire de añoranza, sensiblemente conectada con el origen y la tradición campesina: un relato documentado y abundante en el tipo de referentes que ya hacen parte de la gramática visual de la marca, lo que a su vez facilita a la audiencia la lectura de cada colección.

Pero en esta lectura hay una segunda capa, menos visual y más táctil, que se manifiesta en la forma como La Petite Mort expande su terreno técnico y refina su experimentación formal. Puertas Adentro incluye labores artesanales como el esterillado, el macramé, el plisado, el croché y el encaje bordado, que dialogan sin esfuerzo con la severidad del paño y la arquitectura propia de la sastrería, generando un vínculo armonioso entre lo liso y lo estriado, donde el aplomo de la raya tiza y su sobriedad se funden, sin fisura, con la rugosidad del macramé o el relieve del encaje.

En lo formal, Puertas Adentro es la llegada al equilibrio entre el dramatismo y la serenidad. Así, los volúmenes se concentran en la parte superior, con mantillas, lazos al cuello, cuellos desmontables y de encaje, mientras que en la parte inferior los pantalones largos y cortos caen fluidamente. En la totalidad del conjunto hay una exactitud formal que deriva tanto de las soluciones técnicas como de una lectura consciente de sus referentes visuales: cuellos anchos, como en las camisas campesinas del amanecer del siglo XX, o cuellos desmontables como los que vemos en las imágenes de los dandis urbanos de la Medellín de entonces, a través de fotógrafos como Melitón Rodríguez. Peinados perfectos, laminados, con redecillas que evocan los años 1930-1940. Las bocas oscuras, producto de ese rojo intenso que la fotografía en blanco y negro transforma en negro profundo.

Todo esto configura una imagen onírica del pasado, efecto de la intención de los diseñadores de examinar lo que hay puertas adentro: en los álbumes familiares, en los objetos que visten la casa —carpetas, manteles, cintas— y en sus propias memorias. Las puertas operan como metáfora, pero también como recurso gráfico bordado en el delantero de las chaquetas, que conecta con sus anteriores exploraciones sobre la arquitectura vernácula de los pueblos de Colombia —como en la colección Techo—, y con ello fortalece tanto sus códigos referenciales como el vocabulario de diseño de La Petite Mort. En resumen, fue una colección EXACTA por la justa medida de todos los elementos que la componen.

Puertas Adentro confirma, entonces, que la consagración de La Petite Mort no se juega en un solo desfile, sino en la repetición disciplinada de sus obsesiones: la memoria campesina, el oficio artesanal, las imágenes de archivo convertidas en documento antropológico que vincula el pasado con el presente. Esta colección no añade un capítulo más a esa historia; la profundiza, con la misma exactitud formal que ya define a la marca. Ahí, precisamente, está su consagración: no en la novedad gratuita y radical, sino en la certeza de un lenguaje que cada colección vuelve más suyo.

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